Coherencia
Cuando el progreso deja de medirse por estatus
Me declaro culpable y, a la vez, completamente arrepentido de haber caído en las trampas que abundan por ahí: comunidades que nos quieren evaluar con medidas humanas inútiles.
Son inútiles porque, al provenir de mentes humanas, son imperfectas. Formas de medir que nacen en cavernas emocionales: traumas no resueltos, experiencias dolorosas, vergüenzas, falencias, burlas sufridas.
Así nacen esas medidas humanas de las que soy culpable por haber creído, vivido, impuesto a otros y autoimpuesto.
Ayer domingo anoté en mi Bullet Journal: “escribir un post largo”. No lo hice. Cero culpas. Porque, como dije al principio, ya no caigo en las trampas de las culpas autoimpuestas.
También es verdad que, si hoy escribo aquí o si dejo de hacerlo, no tendrá un impacto directo en mis finanzas ni habrá personas reclamando: “me quedé esperando la publicación”. Apenas estoy comenzando.
De cualquier forma —y aun si en el futuro esto adquiriera mayor relevancia— este blog no se va a convertir en una carga de falsas expectativas ni en una deuda moral, ni conmigo mismo ni con los demás.
Hoy me encontré con una publicación de Matt Gottesman que decía:
“La nueva medida de progreso no es el estatus, es la coherencia”.
Eso fue lo que detonó este texto.
Es una incoherencia hacer las cosas solo para satisfacer expectativas absurdas: algoritmos, comunidades, ideas engañosas, riquezas engañosas, filosofías humanas vanas.
Por eso escribo hoy lunes y no ayer domingo, cuando me lo propuse. Porque hoy nace desde la verdad.
Nos enseñaron a medir el progreso por lo notorio, por lo visible, por lo que impresiona. Yo hice eso durante gran parte de mi vida.
Compré carros para que me vieran. Compré casa para que me vieran. Hice fiestas para que me aplaudieran. Conté mis logros buscando validación y aceptación.
Sí, fui incoherente entre lo que realmente creía y lo que hacía.
Mientras “triunfaba”, mi vida se fragmentaba. Yo estaba desmoronado. Había construido una vida en la que no creía. No sabría cómo expresar con palabras el nivel constante de frustración, ira y decepción que vivía, mientras por fuera todo parecía resuelto, ideal, perfecto.
Lo había logrado: engañé a todos. Construí un castillo de naipes que se fue cayendo a pedazos, hasta que un día decidí renunciar a la mentira. Comenzó con una empresa en la que no creía, con la persecución de un engaño que me resquebrajó por completo. Y todo se desbarató… aunque, en el fondo, era exactamente lo que deseaba.
La palabra “arrepentimiento”, en el griego bíblico, es metanoia: mente nueva.
Por eso digo que fui culpable, pero arrepentido. Porque ya no pienso como antes.
Y sin duda, tiene que haber coherencia entre lo que realmente creo y lo que hago.
Nos leemos pronto.


Me encantan los textos viscerales que sacan todo eso que llevamos cargando por años.
Aquí, en primera fila para leer todo lo que se venga, sin importar cuándo llegue. ❤️