Identidad: La verdad
A propósito de la coherencia
Somos una especie de pozo profundo.
Y con el paso de los años, las experiencias y, sobre todo, las ideas erradas que van esculpiendo nuestra mente, ese pozo empieza a ser sepultado.
Capa tras capa.
Hasta que olvidamos que estaba ahí.
Llamemos identidad a nuestro ADN espiritual.
A la verdad que habita en nosotros.
A lo que viene de fábrica.
Hoy muchos dicen que están “buscando su identidad” en lo externo.
Dicen cosas como “lo que me conecta”, “lo que resuena conmigo”.
Suena interesante. Suena atractivo.
Pero está lejos de la realidad porque nuestro diseño se estudia y se busca internamente.
En la Biblia, una de las historias que más me atrae es la de Isaac, hijo de Abraham.
En una región llamada Gerar —tierra de los filisteos— Abraham adquirió propiedades y cavó pozos, y a cada uno le puso nombre.
Años después, Abraham muere, e Isaac regresa a esa misma región.
Lo que encuentra es inquietante: los pozos de su padre habían sido tapados.
Bloqueados por completo.
¿La decisión de Isaac?
Destapar los mismos pozos.
Y devolverles su nombre original.
Hasta aquí parece un detalle menor.
Pero si te digo que Isaac estaba en Gerar por causa de una hambruna en toda la tierra, entonces algo no cuadra.
En un tiempo donde el agua era el recurso más valioso para la vida, los cultivos y el ganado…
¿por qué alguien cegaría los pozos?
La Biblia, una vez más, arroja luz sobre la vida.
Eso mismo es lo que sucede hoy con nosotros.
Como te dije al principio, somos un pozo profundo.
Pero con los años nos volvemos ciegos a la realidad que hay dentro.
A eso que nos atraía profundamente.
A lo que soñábamos cuando éramos niños.
A lo que se fue diluyendo por los afanes de este tiempo, por el engaño de las riquezas.
Llega el colegio.
La universidad.
Ese profesor que te dice que eso no sirve.
Los amigos que se burlan de tus hobbies, de tu gusto por la música, la pintura, las matemáticas, la astronomía, la cocina, lo que sea que te atraiga de verdad.
Una sociedad que te grita qué debes escuchar, cómo debes vestir, cómo debes vivir.
Una relación que te lleva a costumbres que no te representan, pero que aceptas con tal de encajar.
Poco a poco te alejas del sueño original.
Del proyecto que un día le contaste a tus papás.
Y no solo taparon el pozo…
le construyeron un edificio encima.
A nivel personal, esto es real.
Y si de los individuos se compone todo el tejido social, imagina entonces una sociedad completa:
personas desconectadas de su identidad, de su verdad, de su ADN, manifestando cosas que no responden a su diseño, a aquello en que se moverían por naturaleza.
Si no caminar en nuestra identidad nos debilita como individuos,
inevitablemente construiremos empresas débiles,
marcas débiles,
culturas débiles.
Pero hay una verdad interior que sigue gritando, incluso cuando hemos perdido la capacidad de escuchar.
Volver a eso es un acto de responsabilidad.
Destapar el pozo.
Quitar la tierra.
Derribar lo que construyeron encima.
Y dejar que el agua vuelva a fluir.
Esa es nuestra naturaleza.
La de todos.
Todos tenemos un diseño.
Todos tenemos una verdad.
Y no importa si hoy ese pozo está siendo usado para otros fines —aunque parezcan buenos—
si no es el propósito original, tarde o temprano, nos secará por dentro.



Vidas construidas sobre las expectativas de otros: insostenibles. Tremendo texto que confronta.