Una semana de silencio
Sentí una especie de lanza que atravesó mi pecho desde la espalda, y supe que algo muy malo estaba sucediendo en mi cuerpo.
¿Pero cómo podía ser posible, si lo único que tenía era una pequeña tos?
Soy Rubén. Escribo lo que Dios pone en mi corazón hasta que no queda más remedio que plasmarlo y publicarlo, con la esperanza de que alguien lo use para su bien.
El dolor de ese día fue impactante porque desató un pánico real a la muerte. Pensé que era un infarto. Fue tan asombroso, tan definitivo, que le dije a Dios que, si hasta aquí me había traído, yo estaba listo para irme con Él.
Fui al hospital de urgencias, no sin antes orar y preguntarle a Dios:
“¿Por qué me pasa esto, si oro todos los días, me sumerjo en tu Palabra, te he creído y te he convertido en mi prioridad?”
Fue como si Dios no me hubiese escuchado, porque acto seguido ya estaba en una habitación, listo para que me llevaran a hacerme no sé cuántos exámenes para descubrir qué era lo que realmente había pasado.
Al día siguiente llegó el veredicto del médico: infección pulmonar seria. Algo así como una neumonía combinada con bronquitis.
El dolor persistía y las preguntas comenzaron a surgir. Seguía sin entender por qué me estaba pasando esto.
Pedí milagros. Pedí que esa dura prueba se acabara. Pero fue como si Dios no existiera. Y ahí comencé a callarme. Me encerré en mis pensamientos. Pasé una semana entera sin comer, contrariado, profundamente contrariado.
Lo más irónico es que, en ese momento, yo acababa de comenzar un pódcast en el que semana a semana hablaba de la Palabra de Dios, como si el hacer cosas fuera lo que Él realmente quisiera de nosotros. Y eso fue exactamente lo que hice: intentar sostenerme en lo que la Biblia llama nuestras justicias, nuestras buenas acciones.
Silencio.
Prohibí el celular en mi habitación. Prohibí que alguien me hablara durante una semana entera. No salía de mi asombro cuando me dijeron que tenían que operarme un pulmón. El impacto fue serio: a mí nunca me habían operado de nada.
Me operaron dos veces.
Y aunque le pedí a Dios, con todo mi corazón, que ocurriera un milagro y que no tuvieran que operarme… no ocurrió.
Nada.
Después de la segunda operación, algo cambió en mi forma de pensar y de creer. Recibí —porque no la tenía— una alegría irracional. Una alegría que no encajaba con mi realidad. No se ajustaba al hecho de que tenían que bañarme porque no podía valerme por mí mismo. No se ajustaba a la sonda que drenaba desde mi pulmón durante una semana entera.
Comencé a darle gracias a Dios por las oraciones no contestadas. Volví a comer con alegría. Empecé a ver partidos de fútbol (era la Champions y Messi todavía estaba en el PSG). Gritaba los goles y mi mamá me regañaba para que no incomodara a los pacientes de al lado.
Dios puso en mi boca una declaración poderosa:
“De esta hospitalización salgo más sano y más fuerte, para la gloria de Dios.”
Mis médicos se rieron… hasta que me vieron salir caminando hacia mi casa.
Esa semana de silencio, de contrariedades, de dolor y de tristeza profunda me enseñó más acerca de Dios que todo lo que había experimentado antes.
Ahí entendí que Él es verdaderamente soberano. Que, contra todo pronóstico, me sacó con mano fuerte y misericordiosa de esa hospitalización. No salí en silla de ruedas. No salí con respirador.
Salí débil, sí. Pero caminando. Y volviendo a casa.
No es por nuestras acciones.
No es porque deseemos algo con todo el corazón.
Es únicamente por Su amor.
Un amor que corrige estructuras de pensamiento que, sin darnos cuenta, nos alejan de lo más importante:
Su corazón.
Nos leemos pronto.



